miércoles, 10 de marzo de 2010

La guerra

Ella corría tanto como sus cortas y delgadas piernas le permitían. No podía parar, tampoco dudar ni mirar hacia atrás, tenía que escapar.
Trató de esconderse del peligro que le soplaba en el cogote,na vez más, tuvo que huir despavorida de él. Siempre le encontraba, era demasiado listo. Con las piernas temblorosas, trato de no resvalarse, y de saltar por encima de todos los obstáculos que el cmino le deparaba, como la más bella y frágil gacela que se enfrentaba al temido león.

Sabía que antes o después sería alcanzada, que no podía huir permanentemente estando en su casa, en un sitio cerrado. La agonía empezó a invadir sus músculos agarrotados, empezaba a tropezarse con las cosas... MIERDA!! -pensó- sabiendo que ya no podía evitarlo, que su hora llegaba. En n último esfuerzo decidió enfrentarse a su persecutor. Sabía que no le quedaban más oportunidades para escapar, pero tenía que intentarlo.

Al volverse hacía él, sus brillantes ojos azules la recorrieron el cuerpo con el mayor de los deseos. Ella, ante esa mirada penetrante se estremeció. Sabía que era el fin.

Él la agarró fuertemente, y arrastrándola por el pasillo en su contra, mientras ella pataleaba inútilmente, la empujó a la cama. Se acercaba inevitablemente. Iba a suceder sin remedio.

Y si, ocurrió. Una vez más había sucumbido al encanto de sus besos, a la dulzura de sus caricias. Ese era el mejor de los juegos, el amor que respiraban cuando estaban juntos. Se necesitaban.

No hay comentarios:

Publicar un comentario